Ilustración sobre qué hacer cuando tienes mucha ansiedad: mujer respirando con calma en la montaña

Tengo mucha ansiedad, ¿qué hago?

Te despiertas con presión en el pecho. Das vueltas a algo que todavía no ha pasado. Te cuesta concentrarte, dormir o simplemente estar. Y en algún momento, quizás de noche, que es cuando más vueltas da nuestra cabeza, acabas escribiendo en google: «tengo mucha ansiedad, ¿qué hago?».

Si has llegado hasta aquí, lo primero que quiero decirte es que la ansiedad es una emoción y, como todas las emociones, tiene una función. Es una de las consultas más habituales que acompaño como psicóloga, y que te esté desbordando no dice nada malo de ti. Dice que algo dentro de ti está intentando protegerte, aunque ahora mismo lo esté haciendo de una forma que te agota.

En este artículo te cuento qué está pasando, qué puedes hacer en el momento en que la ansiedad sube, qué puedes ir cambiando en tu día a día y cuándo es importante pedir ayuda.

Qué es la ansiedad y por qué aparece

La ansiedad es una alarma. Su función es avisarte de que hay un peligro para que te prepares: el corazón se acelera, la respiración cambia, los músculos se tensan y la mente se pone en modo vigilancia. Es una respuesta útil cuando de verdad hay algo de lo que protegerse.

El problema aparece cuando esa alarma se queda encendida, cuando salta, aunque no haya un peligro inmediato: ante una conversación que temes, un examen que aún no ha llegado o todo lo que podría salir mal. A veces la ansiedad empieza días antes, cuando tu mente se adelanta e imagina escenarios en los que fallas, no llegas o no eres suficiente. Es lo que llamamos ansiedad anticipatoria: vivir en un futuro que todavía no existe.

Y la ansiedad no solo se piensa, también se siente en el cuerpo: presión en el pecho, nudo en el estómago, tensión en la mandíbula, cansancio, problemas para dormir. Por eso, para gestionarla, necesitamos trabajar con las dos partes, con la cabeza y con el cuerpo.

A veces la ansiedad parece aparecer sin motivo. Estás en el sofá, sin nada concreto que temer, y de repente el corazón se acelera. Que no encuentres la causa en ese momento no significa que no la haya. Muchas veces es el resultado de semanas de sobrecarga, de emociones que no han tenido espacio o de una tensión acumulada que el cuerpo ya no puede sostener. La ansiedad no aparece porque sí: suele ser un aviso de que algo necesita atención.

Tengo mucha ansiedad ahora mismo, ¿qué hago?

Cuando la ansiedad está muy alta, no es momento de analizar ni de buscar el origen. Es momento de regularte, de bajar un poco la activación para que tu cuerpo entienda que ahora mismo estás a salvo. Algunas cosas que pueden ayudarte:

  • Para y respira. Detente un momento y respira un poco más profundo de lo habitual, soltando el aire despacio. Así le mandas a tu cuerpo una señal de calma.
  • Vuelve al presente a través de los sentidos. Nombra cinco cosas que ves, cuatro que puedes tocar, tres que oyes, dos que hueles y una que saboreas. La ansiedad vive en el futuro, tus sentidos solo existen en el ahora.
  • Apoya los pies en el suelo. Siente el contacto de la planta de los pies, el peso de tu cuerpo en la silla. Parece una tontería, pero ayuda a anclarte.
  • Muévete un poco. Caminar, estirar, sacudir los brazos. El cuerpo activado necesita descargar esa energía.
  • Busca compañía. Si puedes, escribe o llama a alguien de confianza. No hace falta que te dé soluciones, a veces basta con sentir que no estás solx mientras pasa.

Estos recursos no son una solución mágica. Son una forma de acompañarte en ese momento para sostenerlo de la mejor manera posible.

Qué puedes hacer en tu día a día

La ansiedad no solo se gestiona cuando aparece. Mucho del trabajo se hace en los días normales, en cómo te tratas cuando no estás en crisis.

  • Escúchate antes de que el cuerpo tenga que gritar. Para un momento al día y pregúntate: ¿cómo me estoy sintiendo hoy? ¿En qué parte de mi cuerpo lo siento? ¿Me estoy exigiendo más de lo que hoy puedo dar? ¿Necesito moverme o descansar? No importan tanto las preguntas como el gesto de pararte a escucharte.
  • Revisa tu autoexigencia. Muchas veces detrás de la ansiedad hay una voz interna que exige llegar a todo, hacerlo perfecto y no fallar nunca. El problema no es que aparezcan esos pensamientos, sino que no sabemos acompañarnos con una voz más amable. Pregúntate cómo le hablarías a una amiga que estuviera pasando por lo mismo.
  • Cuida lo básico. Dormir, comer y moverte no curan la ansiedad, pero son la base sobre la que se sostiene todo lo demás. Un cuerpo agotado tiene la alarma mucho más sensible.
  • Mueve el cuerpo a tu manera. No hace falta entrenar para una competición. Caminar, bailar, subir escaleras o salir a la montaña ayudan a descargar tensión y a regularte. Elige algo que te siente bien, no algo que se convierta en otra obligación.
  • Pon límites a lo que te sobrecarga. Revisa cuánto tiempo pasas en redes o leyendo noticias, cuántos planes aceptas por no saber decir que no, cuántas horas trabajas sin parar. A veces la ansiedad no necesita una técnica nueva, sino quitar algo de peso.
  • Busca pequeños momentos de calma. No hace falta irte de vacaciones para descansar. Puede ser sentarte unos minutos en el escalón en el que estás ahora mismo, sin pensar en el siguiente, y respirar. Esos pequeños paréntesis le recuerdan a tu cuerpo que no todo es urgente.
  • Dale espacio a lo que sientes. Las emociones no necesitan ser eliminadas de inmediato. Necesitan espacio, tiempo y presencia. Escribir lo que te preocupa, hablarlo con alguien de confianza o simplemente permitirte llorar también es gestionar la ansiedad.

Lo que suele empeorar la ansiedad

Hay algunas cosas que hacemos con toda la buena intención del mundo y que, sin darnos cuenta, alimentan la ansiedad:

  • Evitar lo que te la provoca. Evitar alivia en el momento, pero le enseña a tu mente que aquello era peligroso. La próxima vez, la alarma salta antes y más fuerte.
  • Intentar controlarlo todo. Planificar cada detalle, revisar una y otra vez o buscar certezas constantes da una sensación de seguridad que dura muy poco.
  • Negar lo que sientes. Decirte «no es para tanto» o «tengo que estar bien» no hace que la ansiedad se vaya. Lo que se reprime no desaparece, se queda atascado en el cuerpo.
  • Buscar respuestas sin parar en internet. Leer síntomas y casos a las tantas de la noche suele dar más miedo que tranquilidad. Si algo te preocupa de tu salud, consúltalo con una persona profesional.
  • Juzgarte por tener ansiedad. Sentir ansiedad no te hace débil.

Cuándo pedir ayuda profesional

A veces los recursos que tenemos para conocer y sostener la ansiedad no son suficientes, y eso no significa que lo estés haciendo mal. Es importante pedir ayuda cuando la ansiedad:

  • Dura semanas y no parece bajar.
  • Te impide hacer cosas que antes hacías: trabajar, salir, dormir, relacionarte.
  • Te lleva a evitar cada vez más situaciones.
  • Te hace sentir que estás solx con todo esto.

Estos son solo algunos ejemplos. No hace falta esperar a estar al límite para pedir ayuda: si sientes que la ansiedad te está quitando calidad de vida, o simplemente te gustaría entender qué te pasa y cómo acompañarte mejor, ya es motivo suficiente para consultarlo con una persona profesional.

En terapia no se trata de que la ansiedad desaparezca para siempre, porque es una emoción humana y necesaria. Se trata de entender qué te está intentando decir, de dónde viene y de aprender a sostenerla de otra manera, para que deje de dirigir tu vida. En consulta trabajamos tanto con lo que piensas como con lo que sientes en el cuerpo, y vamos buscando juntas qué necesitas tú, porque no hay dos ansiedades iguales ni una receta que sirva para todo el mundo.

Si sientes que la ansiedad te está pesando más de lo que puedes sostener, en nuestro centro de psicología en Granada te acompañamos desde un enfoque integrativo, de forma presencial en Plaza del Campillo u online. Ponte en contacto con nosotras y pide tu primera cita.